martes, 1 de noviembre de 2016

EL POEMA Y SUS DEBILIDADES

Por Jairo Alberto Mejía Acevedo

Un poema sin fuerza se olvida. El verdadero poema adquiere su fuerza después de ser leído, no antes: cuando salimos a tomar el bus y el poema se va con nosotros, pegado, insistente, invadiendo la conciencia y exigiendo algo más del lector. No por su temática, sino por el símbolo oculto que respira y transpira su potencia literaria.

Muchos poemas, en cambio, abusan del blablablá para insistir en lo mismo. Entonces el poema se vuelve monótono, repetitivo, innecesariamente extenso. Incluso, si hiciéramos el ejercicio de fraccionarlos, descubriríamos que los primeros seis o siete versos bastarían para sostener el poema con limpieza; lo demás sobra.

En poesía, la precisión es un requisito indispensable. Cada palabra debe justificar su presencia.

Otro error frecuente —y curiosamente celebrado por algunos jurados— es el discurso: la homilía, la retórica fácil, el blablablá o incluso el sinsentido complaciente. No se premia la fuerza, sino lo cómodo.

Pero la verdadera poesía está en otra parte: en la intensidad del lenguaje, en el juego literario, en la originalidad del abordaje, en la imagen que sorprende, en la frase que sentencia y permanece. En aquello que no se dice del todo, pero queda vibrando: lo oculto.

Sic