martes, 16 de agosto de 2011

LA POESÍA: HIJA DE LA NADA

Por Jairo Alberto Mejía Acevedo


 La palabra poética es revelación de nuestra condición original
porque por ella el hombre efectivamente se nombra otro,
y así él es, al mismo tiempo, este y aquél,
él mismo y el otro.
Octavio Paz, en El arco y la lira.
El camino más corto para llegar a nosotros mismos es la poesía.

Ella es canto y silencio, odio y amor; pero, ante todo, es el yo universal del hombre luchando contra su propia nada y contra la nada del mundo.

Si pudiéramos liberarnos de esa nada, la poesía partiría con ella. Entonces quedaríamos vacíos, sin alas para recrear la realidad que, aunque lo neguemos, tampoco queremos evitar. Por eso la poesía y la nada nacen de una misma raíz: nuestra soledad compartida.

El poeta revela al hombre al crearlo. Entre nacer y morir se extiende nuestro existir, y en ese tránsito entrevemos que nuestra condición original —si es desamparo y abandono— también es la posibilidad de una conquista: la de nuestro propio ser.

Pero, ¿qué es la poesía?

No se trata de saber qué dice este o aquel poema. La poesía no es un juicio ni una interpretación de la existencia humana. El surtidor del ritmo y de la imagen expresa, simplemente, lo que somos.

Por eso, en toda obra poética, el tema es secundario. No importa tanto lo que se dice, sino cómo se dice. Lo decisivo es la fuerza poética con que el tema es recreado. Y esa fuerza nace del uso preciso de los recursos estético-literarios, de la imaginación creadora y del conocimiento vivo del idioma.

Donde no hay unidad, intensidad, circularidad, ritmo y movimiento, no hay poesía.

Aquí no se trata de gustos académicos ni de afinidades personales con el autor. Se trata, simplemente, de una pregunta esencial: si lo escrito es o no es poesía. Y esa respuesta solo puede darse desde la experiencia universal de lo bello.